Por Franco Vaccarini
En casa había una biblioteca tan humilde como exquisita: olía a madera, a Mompracem, a misterio.
Cuando terminé la secundaria en Lincoln y el paso obligado por la conscripción, mi destino natural fue Buenos Aires, fines de 1983. Me anoté en un taller literario. Mis compañeros me deslumbraron... ¡qué bien escribían! A los 20 años leí Sobre héroes y tumbas y por un tiempo jugué con la idea de ir a la imprenta que figuraba en la última página del libro. Mi plan era aparecerme allí con mis poemas, para que el buen imprentero me los publicara. Como se ve, no tenía idea de nada.
En 1985 estudié periodismo en el Círculo de la Prensa. Jorge Lanata vino a dar una charla. Era casi un pibe como nosotros. "Vayan a la revista El Porteño, hace falta gente", nos dijo. Al otro día fui con Sergio Arata, un amigo de altura y barba cortazariana. Hice varios informes. En una nota sobre religión, me pidieron que le preguntara a la gente en la calle cómo se imaginaba al diablo: me quedé en casa y lo inventé todo. Mi informe fue un éxito. En un ataque de lucidez, comprendí que lo mío no era el periodismo, sino la literatura.
De las redacciones pasé a las oficinas. A la intemperie. Contadores, ingenieros, vendedores. ¿Dónde estaban los míos? Un día, en la feria del libro, me hice una pregunta. ¿Yo soy escritor o sólo un loco que se piensa escritor? Para corroborarlo, invertí: me compré mi primera PC. Fui al taller de Hebe Uhart. Y comencé a esbozar una disciplina de escritura diaria. Al fin, la ronda por las editoriales. Larga ronda. Un día, alguien me dijo que sí, que iba a firmar mi primer contrato, con un pequeño anticipo por derechos de autor. Habían pasado 17 años de mi arribo a la Capital. Entonces, me recibí de cuerdo.
Hoy la PC no es lo que era: una maquinita silenciosa y sola. Hoy con la PC estás conectado a miles de cosas y se corre el riesgo de vivir disipado. Que la disipación, amigo, te encuentre trabajando: hay que ser porfiado.
Me sorprende cuando un desconocido me pregunta cómo hacer para publicar. Hay que ir a las editoriales, no a las imprentas. Incluso yo lo aprendí. Intentar la publicación es el gimnasio de la paciencia. No es una respuesta agradable en estos tiempos donde todo parece quedar a un clic de distancia. Y no está de más recordarlo: antes de publicar, hay que escribir. Antes y después de escribir, hay que leer. Los escritores no venimos del interior, sino de Mompracem, de Marte, de islas imaginarias. Seas de donde seas, vendrás de los libros o no vendrás.